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Por una infancia plena en un Sáhara Libre*

Hoy es un día, para todos nosotros y todas nosotras, de infinita y honda alegría, de satisfacción y disfrute, pero también es un momento para la inquietud y para la reflexión.

Transparente es la alegría que nos embarga pues, un año más, el programa de Vacaciones en Paz ha traído hasta nuestras ciudades y pueblos, hasta nuestros hogares, a los niños y las niñas del Sáhara Occidental, representado por esos cientos y cientos de criaturas y adolescentes que, procedentes de los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia), se han unido a nosotros y a nuestras familias para integrarse en una convivencia que se hace cada día más cotidiana y más común sin dejar de constituir un pequeño milagro de comprensión y de afectos mutuos; un hecho posible al disiparse las nieblas que parecían caer sobre el programa por el esfuerzo conjunto de asociaciones y autoridades. Y cuya presencia aquí es la muestra viva y patente de una solidaridad que nos une por encima de fronteras y continentes, de diferencias culturales y religiosas, de desigualdades sociales y modos de vida, como la prueba inequívoca de que la fraternidad y la solidaridad son posibles, y más necesarias, aún si cabe, en tiempos de crisis e inestabilidad.

Que nos han hecho llegar, junto con su ruidosa alegría, los ecos de unos afectos vivos que siguen anclados en un áspero y pedregoso desierto por la incapacidad, la codicia o el oportunismo de la comunidad internacional y la falta de sensibilidad política de unos dirigentes más preocupados por el beneficio que por el interés general. Condenados sin condena como consecuencia de un conflicto que las Naciones Unidas se comprometieron a acabar en un breve plazo de tiempo hace ya veinte años.

Una presencia que nos recuerda que ellos son ante nuestra sociedad aparentemente próspera y civilizada los portavoces de un mundo en el que la supervivencia es aún un primer objetivo fundamental y cuyas capacidades no han podido desarrollarse plenamente por la ocupación militar que el Reino de Marruecos mantiene ilegalmente sobre su territorio desde hace treinta y cinco años. Demasiados años como para que las adversas circunstancias históricas que han vivido no hayan condicionado su nacimiento, su presente y hasta su más próximo e incierto futuro.

A nuestro lado, se repondrán de penurias y escaseces, sanarán sus cuerpos y tranquilizarán sus espíritus, encontrarán un calor y un cariño semejantes a los que habitualmente los rodean pero no podremos darle, por mucho que queramos, y por eso estamos aquí, para reclamarla, una tierra verdaderamente suya y de los suyos, una patria en libertad y en dignidad.

Nuestras voces, las de todo el movimiento solidario con el Pueblo Saharaui en todos los puntos del Estado, la de todos y todas los ciudadanos y ciudadanas de los pueblos de España que saben, conocen y se identifican con su sufrimiento y su lucha, se unen a coro para gritar por la libertad y la independencia del Sáhara Occidental y de todo un pueblo doliente y sufrido, pero también digno y orgulloso de su condición y de su esfuerzo.

De ahí que hoy nuestra indudable alegría se entremezcle con la inquietud y la indignada protesta. No es posible que se ignoren por más tiempo unos derechos que la legalidad y el derecho internacional les reconocen: la autodeterminación como camino hacia la descolonización, en su día contra España, hoy contra el Reino de Marruecos, siempre frente a ambos.

Un estado y un gobierno que, negando ese derecho, viven de espaldas a la legitimidad internacional sin coste político alguno e, incluso, favorecidos por el “premio” de un Estatuto Avanzado que le concede un trato preferente por parte de la Unión Europea.

Una oligarquía, representada institucionalmente por la Monarquía alauita de Mohamed VI, que emplea caprichosamente en su propio y exclusivo beneficio los recursos del país, expoliándoselos, en un robo consentido, a sus legítimos dueños: la población saharaui. La venta de fosfatos, la explotación de la pesca y de las conservas procedentes del banco pesquero canario-sahariano, las prospecciones mineras y petrolíferas a cargo de empresas de diversos países, entre ellos del mismo Estado español, evidencian un comercio ilegal que las autoridades internacionales observan con mirada de ciego.

Una ocupación militar y policial que convierte a los habitantes del Sáhara Occidental en rehenes dentro de su propio país y que provoca detenciones, torturas, procesos y encarcelamientos para los activistas y militantes en pro de los derechos humanos y arbitrariedades, maltratos y vejaciones constantes para todos aquellos saharauis que se niegan a proclamar la suprema autoridad del Monarca y la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Algo que las resoluciones de las Naciones Unidas niegan expresa y reiteradamente una y otra vez. El ejemplo de Aminetu Haidar aún sigue vivo en el recuerdo pero no es el único ni, probablemente, el más dramático.

Estamos a tiempo de rectificar estas políticas permisivas y cómplices y es lo que exigimos a nuestras autoridades y a toda la Unión Europea. Que de una vez por todas apoyemos el cumplimiento de lo ya acordado y facilitemos que se impongan la legalidad y la legitimidad que alumbren un Sáhara Libre.

Todos a una. Como una sola voz, como un solo impulso, esforcémonos por apoyar esta justa y noble causa que favorece al pueblo saharaui pero que es igualmente nuestra desde la amistad y la solidaridad; y hagamos hasta lo imposible por asegurar el bienestar y el porvenir de estos niños y niñas que también son nuestros. Y no lo olvidéis, cuando cunda el desánimo o amanezca el agotamiento y el cansancio, es preciso conservar y acrecentar la luz de la ilusión en la mirada de cada uno de ellos y de todas ellas. En esa luz, en esa chispa viva, se esconde la esperanza y el porvenir del Sáhara Occidental.

Julio de 2010

* Manifiesto de CEAS-SÁHARA con motivo de la celebración de las concentraciones y marchas de niños y niñas saharauis y familias de acogida por la Autodeterminación del Sáhara Occidental