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Vergüenza por el Sahara

Fran Sevilla | 16/11/09

No sé qué siento más en estas horas, si indignación o si tristeza. El último capítulo de la indignidad con relación al Sahara acaba de consumarse. Perdón, el penúltimo capítulo, porque todavía, me temo, habrá más. Decía que no sé qué siento más; quizás el resumen sea que siento vergüenza.

Así me siento después de escuchar, ver y leer lo que ha ocurrido en las últimas horas con Aminatu Haidar , con esta saharaui, esta frágil mujer de voluntad de hierro a la que no pudieron doblegar ni la más dura de las cárceles marroquíes, ni la tortura, ni los golpes, ni las vejaciones, ni los insultos.

Supongo que ustedes ya saben lo que ha ocurrido, cómo un país regido dictatorialmente, Marruecos, ocupante de un territorio que no le pertenece, el Sahara Occidental, impone con absoluta impunidad su espuria voluntad. Es a lo que nos tiene acostumbrados cuando se trata del Sahara, de aquel territorio que fue, en época colonial, provincia española.

Se veía venir. La monarquía alauí, que como en tiempos pretéritos en España, se arroga su falsa legitimidad por voluntad divina (por la Gracia de Dios decían las monedas españolas de aquel tiempo) ha dado una vuelta de tuerca más en su política de ocupación y negación de la verdaderamente legítima voluntad de un pueblo, el saharaui, por decidir su futuro.

Lo que me produce sensación de vergüenza no es que Marruecos actúe de la forma en la que lo hace. Es lo habitual. Recuerdo que hace pocos años, un amigo y colega, Ramón Lobo , periodista del diario El País, me preguntó si yo iba en un avión que a principios de la década de los 90 intentó aterrizar en El Aiún, la capital del Sahara. Le dije que sí. Recuerdo aquel vuelo, en el que iban saharauis, políticos, intelectuales y artistas españoles, como mi amigo Javier Rubial, periodistas como mi compañera y editora de los informativos del fin de semana de RNE Ángeles Bazán. Se nos prohibió aterrizar en El Aiún y el avión acabó tomando tierra en Las Palmas. “Dos cazas marroquíes estuvieron a punto de derribar el aparato” me dijo Ramón, al que alguien de los servicios secretos le había contado lo que estuvo a punto de ocurrir aquel día.

Lo que me da vergüenza, como español, es que un país como España, su gobierno, mi gobierno, se haga cómplice de una situación tan injusta y arbitraria. Puedo entender que la diplomacia, la política exterior, la razón de Estado, impongan determinados precios. Pero todo tiene un límite. Aceptar el chantaje permanente de Marruecos tendrá a la larga un precio todavía mayor.

Vagamundo