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¿Marrakech bien vale un pueblo?

Fernando Llorente - El Diario Montañés | 23/09/09

Viví y trabajé en el Sahara Occidental desde septiembre de 1970 hasta noviembre de 1975, los últimos cinco años de presencia colonial española. Concretamente en El Aaiún, capital, entonces y hora, de aquel territorio, si bien hoy ocupado, por la fuerza y el terror, por las fuerzas militares y policiales marroquíes. 34 años más tarde, y después de reiteradas visitas a los campos de refugiados saharauis en Tinduf (Argelia), he vuelto al Sahara Occidental. En las ciudades de El Aaiún y Dakhla (Villa Cisneros, cuando España) he podido ver la realidad de opresión por el terror que vienen sufriendo los saharauis desde hace esos 34 años, y he escuchado el relato de algunos de ellos que la padecen en propia carne.

Ilustración de José Ibarrola De vuelta a mi casa me entero de que al escritor Juan Goytisolo le fue concedido hace pocas semanas el Premio Internacional Libio de las Letras, importante premio por su dotación económica, 150.000 euros, que en principio fue aceptado por el premiado, incluso lo consideró merecido por «su amor y defensa de la cultura árabe», así como por su «lucha por la democracia y la libertad de los pueblos árabes cruelmente privados de ellas», según escribe en la carta pública, por la que, al mismo tiempo, rechaza el premio, porque su dotación económica «procede de la Yamahiriya Libia Popular Democrática, creada en 1969 por el golpe militar de Gaddafi».

Desde 1996 el lugar de residencia habitual de Juan Goytisolo es Marrakech, una hermosa, cultural y divertida ciudad de Marruecos, que ofrece atractivos añadidos a según que tipo de personajes, sean turistas o residentes. Desde esa ciudad Juan Goytisolo ha lanzado con frecuencia su pluma acusadora a cuantos gobiernos, o no son democráticos y se imponen a sus pueblos por la fuerza y el terror, o bien, siendo democráticos, pretenden imponer a aquellos la democracia por la fuerza y el terror. O sea, que la pluma de Juan Goytisolo, mojada en la tinta de la santa indignación, ha venido fustigando a los gobiernos más rastreros y también a los más encumbrados. Sin embargo, siempre ha pasado de puntillas -las pocas veces que ha pasado- por las atrocidades que, desde hace 34 años, acomete sin descanso contra el pueblo saharuai el gobierno del país en el que transcurren sus días de trabajo y placeres: Marruecos, en manos de una Monarquía que el último día de octubre de 1975, con la ayuda incondicional del último gobierno de la Dictadura franquista, invadió y ocupó, con la fuerza y el terror, el Sahara Occidental, dedicándose con tanto entusiasmo como crueldad a expoliar sus recursos y a arrojar a los arrabales de la historia a un pueblo, el saharaui, condenándolo a un éxodo que sembró de muertos el desierto; a una guerra, que no perdió; a un refugio inhumano en la hamada argelina, que dura 34 años, y a una separación de familias por un muro que los ejércitos marroquíes levantaron a lo largo de 2700 kms., del norte al sur del Sahara Occidental.

Juan Goytisolo sabe esto, como también sabe que, desde el mismo día de la invasión, son cientos los saharauis desaparecidos y miles los sometidos a juicios sumarísimos sin garantías ni procesales ni jurídicas, excusas para encerrarles en cárceles secretas del Sahara Occidental y de Marruecos, donde son torturados, decenas de ellos hasta la muerte. Y sabe Juan Goytisolo que esa empresa exterminadora no ha cesado a día de hoy, sin que su elevada -y alabada- pluma, justiciera más que justa, se haya dignado trazar siquiera un garabato de denuncia. No ha tenido el escritor el coraje de visitar ni los campos de refugiados ni los territorios ocupados saharauis, que no son "la provincia del Sur de Marruecos", como le gustaría al rey alauita, pues de su sueño expansionista ya le despertó el dictamen emitido en el mes de mayo de 1975 por el Tribunal Internacional de Justicia, cuando, a consulta de Hassan II, negó cualquier veleidad soberanista de Marruecos sobre el pueblo saharaui. No deja de saber Juan Goytisolo que el Sahara Occidental es un territorio no autónomo, que está a la espera de que la ONU haga cumplir la legalidad internacional vigente en materia de descolonización, que prescribe la celebración de un referéndum de autodeterminación, tal como la ONU requirió en 1963 al gobierno de España, entonces dictatorial, que hizo oídos sordos, patología transmitida a los gobiernos democráticos de España, que se han venido turnando desde hace 34 años.

Todo eso, y mucho más, sabe Juan Goytisolo, y lo sabría con más fundamento si, en lugar de contribuir al silencio informativo, desde su autoridad intelectual reconociera al Gobierno de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática), y visitara los territorios ocupados del Sahara Occidental para ver y escuchar a los activistas saharauis de Derechos Humanos, sistemáticamente violados por el invasor, y que él tanto defendió, y defiende, en otros pagos, igualmente sometidos a la fuerza y el terror -Bosnia, Chipre, Palestina, Chechenia- han sido, y son, causas por la que el escritor ha comprometido, y compromete, su pluma. Entre otras cosas, comprobaría que en las tarjetas de identidad saharauis figura, a modo de estigma, un ’SH’, que les distingue de los colonos marroquíes, señalándoles como carne de persecución, encarcelamiento, tortura, desaparición y muerte, al igual que la estrella amarilla destinaba al sacrificio a los judíos bajo el régimen nazi.

Juan Goytisolo lo sabe, pero no osa incomodar al rey de Marruecos, de quien ha aceptado honores como el de ser nombrado, en 2001, Miembro Honorario de la Unión de Escritores de Marruecos, en «reconocimiento a sus posturas a favor de Marruecos y su cultura». Tengo para mí que el rechazo a tan suculento premio no se debe tanto a que Gaddafi y su régimen no sean democráticos, como a que el gobierno de Libia es uno de los tres -los otros son los de Cuba y Argelia- que, mediante acuerdos con el gobierno de la RASD, recibe a adolescentes y jóvenes saharauis para que cursen estudios secundarios y superiores. Y menos mal que aún no sabía, cuando se le anunció la concesión del premio, que el Presidente de la RASD, Mohamed Abdelaziz, figuró como invitado en el 40º aniversario de la toma del poder por Gaddafi en Libia, lo que provocó que de inmediato desde Rabat se ordenara la retirada de la delegación marroquí.

Todo apunta a que Juan Goytisolo pone mucho cuidado en no molestar al rey de Marruecos, por muy tirano que sea, no vaya a ser que le expulse de su paraíso. Él sabrá, pero se ve que sí, que Marrakech bien le vale un pueblo.

El Diario Montañés