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La burocracia internacional (I)
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados visita el Sáhara Occidental
(o por qué el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones)

Atenea Acevedo - México | 09/09/2009

Acabo de enterarme de que António Guterres, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) desde julio de 2005, llegó a Argel con el objetivo, según fuentes del propio ACNUR, de “tener una visión personal directa de la situación de los saharauis”. Su agenda incluye la visita a uno de los campamentos de población refugiada cerca de Tinduf, la visita a El Aiún, capital del Sáhara Occidental bajo ocupación marroquí, y a Rabat.

La reacción natural ante semejante noticia debería ser de júbilo, sobre todo entre quienes también están de manteles largos por el espejismo de la llegada de Obama al poder y el nombramiento de Christopher Ross, personaje clave de la llamada guerra contra el terrorismo, como mediador de la ONU entre Marruecos y el Frente Polisario.

Sin embargo, antes de echar las campanas al vuelo es necesario y urgente poner en perspectiva la visita de Guterres con algunos datos puntuales:

La primera y única vez que el máximo funcionario del ACNUR visitó los campamentos de población refugiada fue en 1976, año en que el Alto Comisionado era el príncipe Sadruddin Aga Khan. Marruecos ya había organizado la Marcha Verde para colonizar los territorios hasta hoy ocupados y había atacado a la población saharaui con napalm y fósforo, forzándola al exilio en una guerra abierta con el Frente Polisario que duraría hasta 1991. El año 1976 también marca la proclamación de la República Árabe Saharaui Democrática como Estado, a la fecha reconocido como gobierno en el exilio por 85 países.

El Alto Comisionado actual declara querer conocer la realidad de los campamentos de población refugiada en Argelia y la vida saharaui en los territorios ocupados. Para ello, pasará dos días en un campamento (de un total de cinco) y tres entre El Aiún y Rabat. Sin duda, la primera impresión de lo precario de la sobrevivencia en un campamento de población refugiada es como una bofetada que remece nuestra hipocresía tan occidental, nuestra indiferencia y nuestro poco aprecio de la abundancia también constituida como un valor muy occidental. Ciertamente, la población refugiada saharaui, sin proponérselo y desde la hospitalidad más generosa, obliga a una reflexión sobre las desgarradoras consecuencias y la escasa asunción de responsabilidades del colonialismo y el neocolonialismo. Pero una se pregunta si la labor que debería realizar un funcionario como Guterres, si las decisiones que un organismo como el que dirige pueden fundamentarse en una visita que ni un turista aceptaría si de una capital europea se tratara. ¿Quién puede conocer la realidad de un pueblo en 48 horas? ¿De dónde vendrá la firmeza para llevar a cabo el referéndum por la independencia? ¿Hasta cuándo dependerá la vida saharaui de la ayuda internacional y de la buena voluntad de las asociaciones de cooperantes?

Habrá quienes piensen que más vale 33 años después que nunca y que dos días es mejor que nada. No me sumen a su alegría. El papel de la ONU y sus agencias (¿qué decir de la MINURSO?) en la cuestión del Sáhara Occidental revela un maquillaje de pésima calidad que trasluce la verdadera faz de la burocracia internacional, esa enorme agencia de viajes que traslada a su personal de alto nivel de un rincón a otro de un planeta donde cada vez hay más personas desplazadas y refugiadas. Me temo que las declaraciones de António Guterres en los próximos días estarán hechas del mismo material.

Mujer y palabra

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